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Posts Tagged ‘casa salinera’

Las salinas constituyen para el fotógrafo un filón inagotable de recursos visuales.

Si las visitamos a lo largo de las estaciones seremos testigos del latido del tiempo, de las paulatinas modificaciones en su fisonomía y cómo cambian sus luces, colores, e incluso la fauna que las habita. Sus tranquilas aguas, que durante el invierno sólo nos ofrecen reposados reflejos que en ocasiones ondula y rompe el viento, contribuyen a trazar un paisaje mucho más dinámico de lo que un eventual y apresurado viajero podría percibir.

Con la llegada de temperaturas más agradables las salinas se convierten en hábitat de numerosas especies. Una variada avifauna multiplica sus visitas y son numerosas las especies que hacen de estos lugares y alrededores su residencia temporal: gaviotas, avocetas, garzas, cigüeñuelas… Pero  entre ellas llaman la atención unas siluetas muy particulares: los flamencos, Phoenicopterus ruber. Estas aves, de esbelta y elegante figura, embellecen sus patas y plumas con un delicado color rosa. La tonalidad la adquieren los ejemplares adultos por la ingesta de carotenoides, pigmento orgánico presente en los pequeños crustáceos, algas y bacterias que tiñen de rojo las aguas y que constituyen la base de su dieta.

La salina consta de una serie de depósitos excavados en la marisma por los que se hace circular el agua marina. Esta recorre los distintos estanques en un proceso por el que, a medida que se evapora, va ganando en concentración salina. Los primeros estanques son los de captación, que en el litoral gaditano se les nombra como esteros. Le siguen los de evaporación, que en Huelva se les conoce como calderas de agua caliente y en Cádiz como vuelta de retenida y vuelta de periquillos. Por último la cristalización, que se realiza en los últimos compartimentos, conocidos como naves con pilas en Huelva y tajería con tajos en la Bahía de Cádiz.

Las elevadas temperaturas veraniegas ocasionan una intensa evaporación propiciando que sedimentos y cristales de sal comiencen a manifestarse coloreando las orillas de caños y estanques. Las altas concentraciones de sal propician el crecimiento de bacterias capaces de soportar estas condiciones de vida y tiñen de un escandaloso rojo la cada vez más delgada lámina de agua.

Al final del estío, y antes de que las tormentas otoñales estropeen el trabajo que al unísono ejecutaron los vientos y sol, se inicia la recogida de la cosecha. Los humanos, como elementos transformadores de este paisaje, se hacen ahora omnipresentes, y su laboreo acelera un proceso de cambios casi vertiginoso en la fisonomía de la salina: de un día para otro veremos crecer una montaña donde antes habitaba la llanura; una planicie blanca habrá sustituido a la fina y cromática lámina de agua; el rojo del estanque, como sangre de un gran organismo, corre por los alivaderos desangrando la salina…

Desde muy antiguo se ha explotado este recurso esencial para la vida, antes de forma artesanal y hoy, casi en exclusiva, de forma industrial. El proceso de ocupación de un espacio virgen, en este caso la marisma, y el auge de la actividad extractiva en torno a las salinas conlleva el asentamiento humano en inhóspitos parajes. Fruto de ello fue la construcción de las  casas salineras. La necesidad de estar “cerca del tajo” hizo que se construyeran las viviendas para los operarios y las dependencias donde guardar los útiles y herramientas de labor.
En otros casos, la vinculación con otras actividades,  industria de salazones, también propició la aparición de asentamientos más numerosos en torno a estas actividades como es el caso del poblado de la Almadraba de Monteleva en el Cabo de Gata (Almería).

Los cambios sociales experimentados, que han afectado de forma directa a esta actividad, el abandono casi total de la tarea artesanal y la facilidad de los desplazamientos fue haciendo innecesario vivir en la salina. Las viviendas fueron paulatinamente abandonadas y hoy, las que no han desaparecido completamente, languidecen y agonizan en un medio que las ha olvidado.

Sin embargo es este un espacio en el que se conjugan perfectamente, por un lado, la explotación del recurso natural, y por otro, su conservación y respeto al medio. Bien es cierto que para que esta dualidad funcione han de mantenerse en equilibrio tanto la actividad humana como los ciclos naturales, factores que no siempre son posible armonizar.

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