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Resulta curioso que la primera vez que visité Islandia me llamase la atención una llanura. Digo esto porque la novelesca imagen que Julio Verne y algunos documentales me habían dibujado se ajustaba mejor a un paisaje de escarpadas montañas y furiosos volcanes.

Antes de mi viaje había estado curioseando sobre las particularidades de ese país, su clima, gastronomía, costumbres y los lugares más llamativos para visitar en el corto plazo de una semana.

Ese primer encuentro con la isla fue en febrero, una época del año en la que en esas latitudes las bajas temperaturas y el blanco campan a sus anchas. Esto condiciona lo suficiente el viaje como para aconsejar un recorrido cercano al sur, territorio más cálido que el norte y que las tierras altas del centro.

Aunque la Corriente del Golfo se encarga de atemperar las costas meridionales y sus zonas cercanas, el invierno toma posesión de ellas y las nevadas cubren casi en su totalidad toda la isla. El blanco derrota al resto de colores, que desaparecen del paisaje, aunque en sus frías noches las luces del norte se encargan de hostigar esa tiranía y fantasean sobre el firmamento.

Me documenté sobre esas auroras, pero también sobre volcanes, géiseres y glaciares, pero nada leí acerca del sandur, una formación geológica que para mis escasos conocimientos sobre la materia había pasado desapercibida.

El sandur, desde el punto de vista geológico, es una llanura que se forma como resultado de la acumulación de los sedimentos (gravas y arenas) provenientes de la fusión de un glaciar. Generalmente se desarrolla sobre terrenos de escasa pendiente, y en Islandia tienen una particularidad añadida: la intensa actividad volcánica bajo sus glaciares hace que, en ocasiones, la fusión de las capas de hielo que se acumulan sobre las calderas, evolucione de una forma rápida, casi repentina, y las tranquilas y serpenteantes escorrentías que surcan estas planicies se conviertan en destructivas avenidas capaces de arrastrar cualquier obstáculo que se interponga en su camino. Como consecuencia de ello, la cantidad de material arrastrado y depositado en el sandur es capaz de cambiar radicalmente la fisonomía de esa plácida llanura, e incluso la línea costera.

Las únicas referencias que de él encontré describían esos lugares como “llanos negros y desolados, poblados de malas hierbas, y en los que el viento levanta nubes de polvo”.

La verdad es que con esa descripción, pocos alicientes tenían esas vastas zonas situadas entre los dos grandes glaciares del sur y la costa para ser incluidas en mi viaje.

Afortunadamente para mí, la carretera de circunvalación de la isla, la lÞjóðvegur 1, cruza esas maravillas naturales. Y también por suerte para mí, cuando las he atravesado, el cambiante clima de Islandia, me ha regalado un variado abanico de luces y sombras.

A veces, cuando el día trae nubes y nieves en abundancia solo veremos algunos metros alrededor y la amplia panorámica reduce su aspecto hasta el minimalismo más elemental. El paisaje se emborrona, entre blancos y grises cuesta distinguir el cielo del suelo, y la carretera por la que circulamos no parece llevarnos a ninguna parte.

Otra cosa es cuando pasa la borrasca. Entonces puede que los claros iluminen parte del horizonte: unos montículos por aquí, unas nubes por allá, y el sol, que entre solemne y brillante, parece iluminar la dramaturgia del inicio de los tiempos.

Si miramos al norte el llano finaliza, casi siempre, en los escarpes de las tierras altas o en las lenguas glaciares que bajan desde ellas. Así, estas llanuras se convierten en el hilo conductor de un itinerario en el que la simplicidad de sus horizontes se contrapone con el esplendor de numerosos hitos paisajísticos: las cascadas Seljalandsfoss, Skógafoss o Svartifoss; las lenguas glaciares Skaftafellsjökull, Svínafellsjökull, Kviárjökull o Fjallsjokull; la laguna glaciar de Jökulsárlón; y ese mágico lugar en el que se ubican las montañas de Stokksnes.

Y en entre ellos, las planicies: Rangársandur, Landeyjasandur, Skógasandur, Mýrdalssandur, Meðallandssandur, Brunasandur, Skeiðarársandur y Breidanerkursandur.

 

Nota: Mi agradecimiento a Fran Llano y Ricar Villanueva, de FotoEarth, por dejarme compartir esas inolvidables excursiones.

Nota de última hora. No sé si algunas de las fotografías del sandur son de mis hijas Anichi y Marga, con las que compartí itinerario y cámara, y a las que creo que contagié la admiración por la belleza de esas llanuras.

 

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Mi pueblo es, como todos los de esta tierra, blanco y recogido. Está situado en medio de un gran páramo, en la Campiña sevillana, sobre un modesto promontorio y desnudo de bosques que le den cobijo, a la intemperie. Sobre fértiles tierras de secano que desde la antigüedad conceden alimento a cambio de sudor y alejado de dos modestos ríos, el Corbones y el Guadaíra, que surcan estos espacios. El Salado y la Albina eran los dos arroyos que atravesaban el continente de mi infancia. Como advierten sus nombres, conducían de forma exigua y discontinua salobres aguas cargadas de sales minerales. Sólo cuando el cielo aliviaba agua en demasía, parecían riachuelos de verdad.

Nuestro horizonte paisajístico era simple, se arreglaba con muy poco: unas tierras oscuras (después supe que eran margas azules del mioceno), y algunas lomas blancuzcas (las albarizas, ricas en carbonato cálcico). Sobre ellas dibujaba el arado una armoniosa trama de líneas, a juego con la simetría del olivar.

Las estaciones marcaban un compás natural a nuestras vidas. El frío, el calor y las lluvias, siempre tacañas o excesivas, oportunas o insolentes, se encargaban de germinar la vida y gestionar el calendario de nuestros juegos.

El mar no formaba parte de nuestro paisaje, pero cada primavera, sin faltar a la cita, como los cacharritos de feria, nuestro imaginario infantil lo dibujaba en los trigales con la ayuda de un poquito de viento. Daba gusto correr entre las verdes olas que, a capricho, ondulaban, ahora el poniente, ahora el solano.

Jugábamos a policías y ladrones, buenos y malos, a piratas, o a cualquier cosa que implicara sumergirnos, escondernos y revolcarnos hasta tronchar los frágiles tallos. A veces nos tumbábamos en el suelo, panza arriba, mirando las nubes pasar. Nuestra imaginación nos llevaba a encontrar las más fantásticas figuras: ¡Mira, mira, un gato! ¡Aquella, la gris, se parece a la cabeza de un caballo! En seguida, el más atrevido, al que la testosterona le hacía deambular por otros pasajes imaginativos, nos hacía descubrir unos pechos femeninos, o quizás dos cuerpos entrelazados, en extraña composición, con la que casi todos teníamos que reírnos a carcajadas a pesar de no entender muy bien por qué.

Después venía la huida, a escondidas, agachaditos, para no ser descubiertos. Si el malvado agricultor encontraba el trigo en el suelo, quebrado con el trajín del juego, montaba en cólera y armaba la marimorena.

Así, con esa cadencia, transcurría nuestra infancia. No teníamos gran cosa, pero creo recordar que fue un tiempo feliz.

 


Paradas, municipio al que me refiero, es una localidad de la provincia de Sevilla (España), situada en la Vega de Carmona.

Albina: En el diccionario de la Real Academia de la Lengua se recogen estos cuatro significados:

  1. Dicho de un ser vivo: Que presenta ausencia congénita de pigmentación, por lo que su piel, pelo, iris, plumas, flores, etc., son más o menos blancos a diferencia de los colores propios de su especie, variedad o raza.
  2. En la América colonial, nacido de morisco y española, o de español y morisca.
  3. Estero o laguna que se forma con las aguas del mar en las tierras bajas que están inmediatas a él.
  4. Sal que queda en una albina.

A partir de las dos últimas acepciones, en Andalucía son numerosos los arroyos de aguas salobres que reciben el nombre de Albina.

Textos y fotografías: Paco G. Portillo.

 

 

El Alentejo minero

El Alentejo minero.

Paisaje hermano del Andévalo andaluz, del que sólo le separa la frontera.

El turista llegó al lugar con poca información. Sólo había leído que mucho tiempo atrás, cuando las fechas se escriben con la abreviatura a.C., los moradores de estos lugares aprendieron a utilizar los recursos mineros de la tierra para fabricar mejores herramientas, utensilios domésticos y armas. Era la Edad del Bronce, y en esa época el bosque mediterráneo da forma a un paisaje pleno de encinas, alcornoques, acebuches y matorral diverso. La extracción de los recursos mineros destinados a satisfacer la demanda de esos momentos apenas tenía incidencia sobre el ecosistema.

Más tarde, el interés comercial del pueblo fenicio les trajo a estas tierras y, posiblemente, fueron ellos los que pregonaron la leyenda de las infinitas riquezas que atesoraba el territorio tartésico y su área de influencia.

Hasta ese momento la explotación de los recursos mineros se hacía de forma primitiva y rudimentaria. El lugar continuaba habitado por un frondoso bosque que latía al ritmo de las estaciones. Las tareas mineras se limitaban a pequeñas intervenciones superficiales cuyo único residuo a la vista consistía en pequeños montículos de pedruscos rojos, ocres y amarillos que, aquí y allá, interrumpían el armónico juego de verdes. Su temeraria discrepancia solo aguantaba, a lo más, el paso de dos primaveras. Después eran de nuevo colonizados por una pacífica tropa de jaguarzos, brezos, aulagas, o cantuesos.

Con la llegada de los romanos comienza una nueva etapa. El imperio, como todos, necesitaba grandes cantidades de minerales, especialmente oro, plata, hierro y cobre, y había hecho suyas las técnicas extractivas de griegos y egipcios. Los nuevos métodos incluían un estudio previo del terreno y una buena planificación de los posteriores procesos de explotación.

Fueron los romanos los primeros en utilizar a gran escala la fuerza hidráulica para lavar considerables cantidades de material. Comienza así una acelerada transformación del escenario paisajístico.

La Edad Media trajo un relativo descanso para la actividad. Esta no se detuvo, pero ralentizó su crecimiento.

En el siglo XVIII comienza en Europa la revolución industrial, y con ella se produce una gran demanda de minerales. Los empresarios ingleses fijan su vista e intereses comerciales en los gigantescos yacimientos de sulfuros que se encuentran en la Faja Pirítica Ibérica y apuestan por su explotación. Sus empresas utilizan las más modernas técnicas del momento y extraen ingentes cantidades de mineral. La nueva actividad en torno a las minas contribuye a la transformación social de la zona, que ya nunca será como antaño, y dejará como herencia, junto a la transformación colectiva de la sociedad, unos inmensos problemas medioambientales, todavía hoy no resueltos.

En el caso de las Minas de São Domingo, en el Alentejo portugués, comenzaron su actividad en 1854 y se prolongó hasta 1965. Ahora, una vez finalizada esta, el paisaje serrano parece haber perdido la batalla. La suavidad de este relieve, a caballo entre Sierra Morena y las llanuras litorales, quedó definitivamente herido de muerte desde ese momento.

Las ingentes cantidades de tierra trasladada han dejado enormes cortas a cielo abierto e inmensas escombreras de acumulación de estériles.

Ya no es el bosque mediterráneo, tampoco la delicadeza de sus lomas, el objetivo de la cámara del turista. Ahora lo que más llama la atención son las heridas dejadas por la contienda.

Ellas y las cicatrices que hoy todavía sangran en abundancia son los elementos más llamativos de este paisaje. Y aunque quienes padecen estas heridas son seres inertes, incapaces de sentir sufrimiento alguno por ello, el turista no puede sustraerse a tanta desolación. El escenario le dice que esta guerra ha terminado con un claro vencedor, y él dispara su cámara una y otra vez mientras reflexiona sobre la estética de la muerte.

 

Las fotografías han sido tomadas en las minas de São Domingo (Mértola) Portugal. El pequeño poblado minero se conserva perfectamente, gracias a la reutilización turística de este espacio. El embalse que hay junto a él ofrece un sinfín de actividades lúdico-deportivas que hacen de esa población un lugar de recreo veraniego muy concurrido. El resto del año es un sitio muy tranquilo para visitar.

La antigua sede administrativa de la mina, el llamado “Palacio”, estaba reservado a los ingleses, y hoy es un pequeño hotel, muy acogedor. Dispone de un observatorio astronómico en el que se puede echar un vistazo al espacio exterior. Su visita nocturna resultó de los más interesante.

Fotografías y textos: Paco G. Portillo.

El pinsapo de Marga

El pinsapo de MargaEl pinsapo de Marga

Hace unos días, en una de mis excursiones a la Sierra de las Nieves, tuve la oportunidad de tomar esta fotografía a un viejo pinsapo (a la derecha). Solo tiene de particular una cosa: hacía más de veinte años que disparé la misma foto (la de la izquierda), y también aquel día había nevado. En aquella ocasión, mi niña, la chica, Marga, hacía de modelo junto al abeto.
Desde entonces muchas nieves han caído sobre sus ramas, mi chica se ha hecho grande -sigue tan linda, o más que antes- y el viejo pinsapo, que vive al lado del camino, sigue asistiendo al pulso de las estaciones, casi inmutable.
Poco ha cambiado su fisonomía en este tiempo, y eso que la diosa fortuna no le sonrió al nacer. Su semilla germinó en una ladera muy pronunciada, al lado del terreno por el que años más tarde se trazó la pista forestal. Cuando se hicieron las obras él quedó vendido, peligrosamente asomado al talud del camino.
Poco a poco la tierra se le ha ido escapando de entre sus raíces, que sin ningún pudor se muestran al aire. Pero ya las tenía así cuando lo conocí, hace más de dos lustros, y recuerdo que en aquella ocasión pensé que le quedaba poca vida. Ahora veo que me equivoqué. Al fin y al cabo desciende de una familia que aguantó en estos lugares cuando las otras especies de abetos desaparecieron. Y eso fue allá mediados del Cuaternario.

Espero volver dentro de otros veinte años, al menos, a tomarle una nueva instantánea.

Fotografías: Paco G. Portillo. Año 1995 (izquierda), año 2015 (derecha). Tomadas en el carril que asciende hasta el Puerto de los Pilones, en la Sierra de las Nieves (Málaga).

Las herrizas

Herriza: Terreno pedregoso, por lo general en la cumbre de un cerro, que permanece inculto por su resistencia a la reja y escasa productividad.

Esta es la definición que podemos encontrar en el Diccionario de la lengua española. Confieso que esta expresión no la había escuchado nunca.  Fue mi amigo Hipólito G. Navarro el que la soltó, no recuerdo a santo de qué, en el contexto de una conversación sobre fotografías de paisajes. Cuando le pregunté su significado, él me dio, en un lenguaje más cercano y ameno, la misma, o parecida, definición.

También me habló de Antonio Muñoz Rojas, que en su obra “Las cosas del campo” le dedicaba una delicada prosa.

Sus párrafos dicen así:

Las herrizas

Refugios de la hermosura, herrizas, únicos lugares donde la Naturaleza hace de las suyas bellísimas. Da gloria tras tanto campo arado, tras tanto olivo compuesto, tras tanto surco ordenado, tras tanto habar sin libertad, este puro reino de la libertad y la hermosura que son las herrizas. Gracias a que Dios puso piedras sobre las lomas y a las piedras sólo Él las labra a fuerza de poder y florecen de hermosura. ¡Oh carrascas! ¡Oh acebuches! ¡Oh coscojas! ¡Oh torvisco, romerales, tomillos y lentiscos! ¡Oh toda mata áspera! ¡Oh silvestre libertad! Y donde menos se espera, en la rendija de dos piedras, en el minúsculo horadamiento de la roca, allí una tierra increíble donde crece el narciso silvestre, amarillo y aromoso, y el lirio blanco y azul, casi ángel de las flores.

Ya quedan pocas, pero ¡qué bien pagan estas herrizas la subida áspera, qué recompensa la de las piedras generosas dando frutos de belleza! ¡Oh reino donde el arado no llega ni se hunde la planta del hombre! ¡Oh reino que bien puede compararse a la libertad!

La obra original del poeta antequerano se publicó en 1950, pero la editorial Pre-Textos publicó una posterior en 1999.

Su lectura no me dejó indiferente. En pocas líneas este poeta antequerano describía, con prodigiosa belleza, esos pequeños solares que rompen la monotonía de nuestros campos agrícolas y que hacía tiempo habían llamado mi atención.

Estas islas, en medio de la previsible fisonomía de los paisajes agrícolas, ofrecen una gran variedad de formas y colores, tan heterogéneas como el marco natural en el que se asienta cada una de ellas.

Algunas albergan los últimos signos visibles del antiguo bosque mediterráneo. Encinas, lentiscos, coscojas, palmitos, jaras y un largo etcétera de malas yerbas o aromáticas se reparten los diferentes espacios.

Especialmente llamativas, por sus atrevidas discrepancias, son las que se asientan sobre terrenos cerealistas. Antaño, cuando los pastos ardían tras la cosecha, las herrizas representaban, con más motivo si cabe, la balsa vital sobre la que sobrevivían muchas especies.

Otras veces es el agricultor el que aprovecha estos baldíos para asentar sobre el duro peñascal los cimientos de sus moradas.

Cerca de un lugar que frecuento, en medio de un extenso labrantío, un macizo de cañas permanece inmutable a lo largo del año. Es ajeno a los cambios que se producen a su alrededor: esquiva el arado que dibuja los surcos, se escaquea en la siembra, y al final del ciclo agrícola burla a la ruidosa segadora que busca su soldada tras la sementera.

Si no fuera por la altura de sus espigados tallos, apenas destacaría sobre el trigal. Pero su apagado color se vuelve insolente cuando el bochorno estival apaga los verdes y el terruño pinta el paisaje de ocres pajizos. Y su petulancia se hace más evidente si, además, el viento mece sus cañas. Ese día, sus ondulados movimientos lo convierten en el solitario engreído dueño de la estepa.

Al amparo de su espesura ha fabricado un nido la codorniz más lista de las que este año han recalado por allí. Ella es de las últimas en llegar. Aplazó en varias ocasiones el vuelo sobre el Estrecho porque a finales de marzo todavía se vivía bien en los páramos marroquíes. Por eso tardó en encontrar pareja y, ahora, las fechas se le echan encima. Su puesta coincidirá, con toda seguridad, con la siega. Pero barrunta que en este lugar sus polluelos no serán molestados por el agricultor.

Nuestra codorniz también conoce otros peligros. Ya ha visto al lagarto, que habita en el terraplén de la linde del trigal. Y aunque ella se viste con un plumaje casi idéntico al de su entorno, también debe tener cuidado con el aguilucho cenizo. Lo ha visto volando a baja altura y posado sobre esas extrañas atalayas poligonales que sustentan las oscuras catenarias que se pierden en el horizonte.

Ella se mueve bien entre la espesura del trigal y a veces se cruza con la perdiz, que corretea por los bulevares que en perfecto paralelo trazó una ruidosa máquina manejada por humanos.

Junto a las cañas, y al abrigo de esta herriza, también nos encontramos una variada comunidad vegetal. En el borde exterior las espinosas hojas de las tagarninas se exponen al sol, y un poco más a resguardo, en el regazo de la esparraguera ya despunta un tierno vástago. Los amarillos pétalos de los jaramagos atraen a numerosas abejas que solo dejarán de libarlos cuando florezcan cardos, viboreras y borrajas; mientras, sobre el mismo suelo, la rastrera carrihuela se enredará en cualquier tallo cercano que le sirva para llamar la atención de los polinizadores. A su lado, las tímidas flores de la lechetrezna parecen avergonzarse de las pesadas bromas que se hacían con su savia (en algunas zonas rurales, los zagales mayores incitaban a los más pequeños a, con el látex de esta euphorbia, untarse el glande para aumentar su tamaño, a costa de una dolorosa inflamación).

Y todo este discreto y pausado ciclo vital discurre ajeno y muy cercano al rápido tránsito de otros ritmos que fluyen por la moderna autovía que marca la frontera oeste del trigal.

 

Notas:

En el Parque Natural de Los Alcornocales, y en las zonas circundantes a este espacio, el término herriza tiene otro significado no muy alejado del que antes hemos tratado.

Localmente se denomina así al terreno dominado por un matorral denso y achaparrado, compuesto  por brezos, genistas y jaras, y desprovistos de árboles. Pero, al igual que el primero, también describe suelos pocos desarrollados, pobres en nutrientes y que aparecen, generalmente, en las cumbres que aquí se asientan sobre terrenos dominados por las areniscas del Aljibe.

“Las herrizas han sido tradicionalmente consideradas como lugares improductivos de escaso valor económico y paisajístico debido a la práctica ausencia de vegetación arbórea y a la pobreza de los suelos sobre los que se desarrollan” (Ceballos y Martín Bolaños, 1930).

 

Bibliografía y fuentes:

Las cosas del campo. Antonio Muñoz Rojas. Editorial Pre-Textos. Valencia, 1999.

La herriza. La cenicienta del Parque Natural. Fernando Ojeda Copete. Revista Almoraima, núm. 27, de 10 de octubre de 2002. Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar (Cádiz).

 

Fotografías:

Codorniz: Héctor Ruiz. En su blog Zona Osera http://zonaosera.blogspot.com.es/

Perdiz: Rogelio Sánchez Rueda.

Resto de fotografías: Paco G. Portillo.

 

 

Sierra Nevada está llena de sendas y caminos que pueden acercar al caminante a bellos lugares, apartados rincones y panorámicas espectaculares. Uno de estos senderos es la Vereda de la Estrella.
Es probable que el actual visitante piense que siempre ha sido así, que la única razón de ser de esos caminos sea su placentero o deportivo tránsito.
Ahora cuesta imaginar que antes de que nuestras botas de trekking pisaran estos lugares lo hicieron humildes alpargatas. Calzaban los pies de los que se ganaban la vida a base de sisarle el mineral a la sierra, sembrando en sus escasos suelos agrícolas, pastoreando sus rebaños o transportando la nieve desde los neveros a la ciudad.
Así se hicieron estos caminos.
De la Vereda de la Estrella, además, se cuenta otra particularidad: por ella se trasladaban hasta Almería los condenados a galeras, que cruzaban el río por el Puente del Burro y ascendían por la que desde entonces se conoce como la Cuesta de los Presidiarios. El que escribe no ha encontrado datos al respecto, y piensa que es más creíble que los presos que caminaban por aquí fueran los condenados a cavar en las explotaciones mineras cercanas a Vacares. Los galeotes —nombre por el que eran conocidos los condenados a galeras— eran enviados a Málaga, justo en la dirección contraria.
Con todo este trasiego, si no fueran efímeras, los suelos de esta vereda conservarían las huellas dejadas por mineros, ladrones, pastores, rufianes, agricultores, homosexuales, neveros y adúlteros. Y todas estas pisadas, juntas y revueltas, habrían contribuido a darle forma a esta senda, que toma el nombre de una de las minas que se sitúan en sus inmediaciones.
Su trazado acompaña a las aguas del río Genil, que bajan desde las cumbres más altas de estas sierras. Desde la Laguna de la Mosca (a los pies del Mulhacén) y desde el Corral de Valdeinfierno (delimitado por los Crestones de Río Seco y el Cerro de los Machos) bajan los arroyos de Valdecasillas y Valdeinfierno. No tardan en unir sus torrenteras y conformar el primer tramo del río. Quizás por recoger las aguas de tan altas cunas ahora se conoce como Real. Más tarde, cuando se les unan el Guarnón y otros arroyos de menor entidad, perderá el regio tratamiento y pasará a denominarse Genil, nombre más plebeyo que, como otros tantos en el sur peninsular, proviene del árabe.
A lo largo del tiempo sus aguas han labrado un profundo barranco delimitado por la Loma del Calvario, en su margen derecha, y la del Lanchar, en la izquierda, por la que discurre nuestra vereda. Esta comienza en la confluencia del barranco de San Juan, donde se situó, hasta los años 70, la última parada del Tranvía de la Sierra. Lo que queda de su antiguo trazado ha sido convertido en una pintoresca pista para vehículos, que recorre, a través de puentes y túneles, un paisaje espectacular.
El lugar del último apeadero lo ocupa hoy un merendero desde el que comienza nuestro recorrido. A ese lugar llegamos un fresco día de otoño, vestido de gris oscuro y amenazante de lluvia. Cruzamos el puente que nos separa de la orilla opuesta y comenzamos nuestro andar por el primer repecho que, paulatinamente, nos dejará a media ladera. Así discurre nuestro camino, sin grandes terraplenes ni sobresaltos.
Al ganar altura nos alejamos del curso del río, pero seguimos escuchando su característico murmullo. Es suave, porque apenas hay bruscos desniveles.
Mientras observamos el paisaje llama la atención el contrapunto entre las dos vertientes. La que ocupamos está poblada de una densa cubierta vegetal en la que los caducifolios muestran una amplia gama de colores que ahora, en otoño, resulta casi insultante.
Los castaños aún no han amarilleado y en sus ramas todavía quedan algunos «erizos» que se resisten a formar parte del séquito que se reparte por el suelo. Rascaviejas, zarzamoras, majuelos, rosales silvestres, clemátides, lentiscos y cornicabras cortejan a robles melojos, arces y serbales que pintan el paisaje de verdes, amarillos y rojos.
Al fondo, el río juega al escondite entre la espesura del bosque. Entre claros y sombras se vislumbran las confusas formas que dibujan a medias los remansos y espumas. Sauces y mimbres intentan, con poco éxito, robar alguna mirada a los dorados chopos, que son los reyes casi absolutos de esa semiumbría.
Mientras, en la ladera opuesta, la de solana, domina el verde grisáceo del encinar. El número de ejemplares se reparte de forma irregular y son muchas las zonas en las que solo algunas herbáceas se atreven a campear. El matorral escasea y la verticalidad de sus paredes se adorna con repetidos setos que bajan acompañando a las numerosas torrenteras.
En la zona que rodea la Senda de los Presidiarios, una mancha de coníferas de repoblación llama la atención por su disonante cromatismo y forma.
Algo más adelante el camino atraviesa la umbría que deja la copa de un castaño singular. Se trata de  «El Abuelo», un longevo ejemplar de grandes proporciones que habrá visto pasar varias generaciones de transeúntes.
La senda continúa describiendo suaves curvas, cruzando pequeños arroyos y sorprendiéndonos con nuevos encuadres. En una de esas revueltas, entre nubes, descubrimos las cumbres de la Alcazaba y el Mulhacén.
Por la suavidad de sus siluetas nadie diría que estamos contemplando el techo de nuestra península. Sus figuras cierran el valle y parecen indicar el final de nuestro camino, o la obligada meta.
Puede ser así. Y así ha sido en otras ocasiones. Hoy no. Nuestro objetivo era un placentero  y otoñal recorrido, y ese se ha cumplido.
La lluvia nos invita a regresar y emprendemos el camino de vuelta deleitándonos con ella.

La Nava de San Luis es una finca situada en el corazón de la Sierra de las Nieves, en el término municipal de Parauta, muy cerca de Ronda. Se asienta sobre un polge,  a los pies de un llamativo cerro de estructura casi perfectamente cónica conocido como Cerro Alcojona. Rodea la finca, por su flanco este, un bello bosque de pinsapos que puebla, hasta media altura, las blancas laderas de este cerro. El horizonte lo cierra la imponente mole del macizo central de esta sierra. El camino de tierra que la cruza finaliza en un conjunto de edificaciones que humanizan el agreste paisaje. Alrededor, el resto de su territorio está ocupado por un vigoroso y espeso bosque mediterráneo, compuesto por encinas, alcornoques, quejigos y algún que otro pinsapo, que en la actualidad goza de un inmejorable aspecto.

Pero no siempre ha sido así. A lo largo de su  historia La Nava ha pasado por diferentes propietarios, y cada uno de ellos, con sus particulares intereses e inquietudes, la dedicó a diferentes formas de explotación. En algunos casos estas labores sumieron el entorno natural en un lamentable estado. A comienzos del siglo XX el lugar era conocido como La Nava de la Asunción. En sus tierras pastaba una nutrida cabaña de cabras y ovejas que  se alimentaban, sin ningún control, y que dañaban gravemente la regeneración natural de su vegetación. Este intensivo pastoreo, la continuada tala y los frecuentes incendios dejaron una profunda huella en todo su entorno, incluido el pinsapar. Así quedó registrado en el “Estudio sobre la vegetación y la flora forestal de la provincia de Málaga”, de Ceballos y Vicioso, publicado en 1933. En el informe se da cuenta de la regresión apreciada en el bosque y del peligro que corre la especie. A este testimonio se suma, en 1935, el del científico malagueño Modesto Laza Palacios que denuncia los abusos producidos por ganaderos y carboneros.

Las inquietudes por la conservación del pinsapar se remontan en el tiempo, pero a ello contribuyó de forma determinante el viaje que realizó a estas tierras el naturalista ginebrino Edmond Boissier en 1837. Este llega a Málaga y contacta con el farmacéutico y botánico Pablo Prolongo y el mancebo de su farmacia Felix Haenseler, que le muestran ramas y acículas del misterioso abeto del que, casi con total seguridad, ya había oído hablar Boissier antes de su viaje a tierras andaluzas.

Los pormenores de esos días quedan recogidos en el libro que escribió su nieto, Auguste Barbey, que siguió los pasos de su abuelo y también viajó por Andalucía. El título, A travers les Forêts de Pinsapo d’Andalousie, fue traducido y publicado en 1996 por la Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente. El extracto de ese texto creo que merece la pena leerse.

“Examinando, en Abril de 1837, algunas plantas recogidas en Sierra Bermeja, cerca de Estepona, por el Sr. Haenseler, quien cultiva con éxito la botánica en Málaga, he encontrado, entre ellas, una rama de conífera cuyas hojas, extremadamente cortas, espesas, casi setiformes, me llamaron la atención. A causa de la ausencia de fruto, no tenía allí medio alguno, para determinar el género de esta planta la cuál tenía sin embargo el porte de un Abeto. Pregunté los detalles al Sr.Haenseler quien me dijo que el árbol en cuestión formaba bosques en lo alto de Sierra Bermeja, y que era conocido en el país con el nombre de pinsapo, que jamás lo había encontrado con fructificación y siempre lo había observado como una variedad de Abies excelsa, al que no conocía más que por descripciones. Quince días más tarde, estaba en Estepona, visité Sierra Bermeja y, después de atravesar los árboles de Pinus maritima que recubren los flancos, encontré los pinsapos, cuyo límite inferior estaba en este lugar más o menos a 4000 pies por encima del mar. Busqué, inútilmente, las fructificaciones en el árbol o a su pie. Un lugareño me ha informado que las piñas comienzan a crecer al final del verano, después se rompen y caen en invierno, no encontrándose hasta el año siguiente traza alguna de las mismas. También oí hablar del pinsapo en Ronda. Se me dijo que existían grandes bosques en los altos de la montaña calcárea llamada Sierra de la Nieve, situada entre Ronda y Málaga. De su follaje se hace allí un gran uso durante las fiestas y procesiones religiosas, dada las pequeñas cruces que sus ramas simulan, dispuestas en ángulo recto en sus últimas ramificaciones (…) He dado a esta nueva especie de conífera el nombre de Abies pinsapo…”

El mérito al describir y dar nombre a esta especie para el mundo científico se lo adjudicó Boissier, pero es obligado hacer mención de Simón de Rojas Clemente Rubio, investigador español, que en 1809, en su viaje por la Serranía de Ronda y Grazalema descubrió e identificó por primera vez a nuestro emblemático abeto. Diversos avatares, ajenos a su trabajo científico, impidieron el reconocimiento de su investigación, pero sería injusto no mencionar su nombre cuando se habla de los pinsapares andaluces.

Esto no quiere decir que el pinsapo, o pino, no fuera conocido con anterioridad por los lugareños. Las primeras noticias escritas sobre la regulación de su tala se recogen en las Ordenanzas Municipales de Ronda, fechadas en 1508.

Con posterioridad, en 1554, se sabe que una partida de madera de pinsapo sirve a los carpinteros de ribera para fabricar los buques de la Armada Invencible.

Numerosos apuntes históricos recogen referencias a esos bosques que proveían de madera a carpinteros, leñadores y constructores.

Entre los pinsapos más longevos, auténticos supervivientes de tiempos pasados, se encuentran varios ejemplares que sobrepasan varias centurias. Uno de ellos, el más conocido, es el de La Escalereta. Alcaza unos 30 metros de altura y se le estima una antigüedad entre 350 y 550 años. Está situado en la cabecera de Río Verde. Otro ejemplar digno de mención es el conocido como Pinsapo del Puntal de la Mesa o Falso Escalereta (por estar muy cerca de este último). Mide unos 16 metros de altura y su tronco alcanza, en su base, un diámetro de 5,5 metros. En realidad su actual tronco es el resultado de la fusión de tres que crecieron muy juntos.

Hoy el pinsapar de La Nava está en clara expansión, los numerosos ejemplares jóvenes que se observan hacen albergar fundadas esperanzas en el futuro del bosque.

Si nos decidimos a pisar sus sendas, nuestros pasos nos llevarán por accidentados terrenos en los que habita una variada comunidad vegetal. Dependiendo del suelo, altura y orientación, nos encontraremos, además del pinsapo, pinos de repoblación, encinas, alcornoques, sabinas, y enebros. A estos les acompañan la peonía,  el rosal silvestre, la aulaga, el romero, etc. que, con sus colores, contribuyen a la riqueza tonal del paisaje.

Sin duda, una primera visita solo marcará el comienzo de una larga relación. Estos lugares son poseedores del mágico embrujo de la seducción. Y no es mala idea caer en la tentación de volver. Al fin y al cabo, la mejor forma de librarse de una tentación es caer en ella.

Los detalles del recorrido por el pinsapar y la ascensión a la cumbre del Cerro Alcojona y Abanto los puede encontrar (y bajar) en el siguiente enlace:

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=3822402

Fotografías y textos: Paco G. Portillo

Bibliografía:

Manuel Becerra Parra (2008). Guía botánica de la Serranía de Ronda. Editorial La Serranía, Ronda.

A. Barbey (1996). A través de los Bosques de Pinsapo de Andalucía. Junta de Andalucía. Consejería de Medio Ambiente, Sevilla. (Obra original publicada en 1931).